jueves, 11 de febrero de 2021

 


Allanamiento

Las noches frías y de llovizna, esos días de tiempo de mierda que le dicen, donde todas las sensaciones son feas, incomodas, ásperas de sentido cotidiano. Esas noches donde se conjugan fenómenos climáticos con malos estados de ánimo, donde no hay pantalla que te distraiga de los posteos que te llegan bien de adentro, filtrados en aburrimientos, angustias o desganos cargados con el peso de muchas ausencias.

Y si, era una noche de esas, una mala noche que catalizaba mis nervios acumulados a presión, mientras desgranaba mensajes de texto en mi teléfono,

- hola Doctor, mañana hay operativo. Mas tarde paso coordenadas.

- allanamiento zona sur. Punto de encuentro tribunales Lomas de Zamora 4am hs.

- hola Dr., soy oficial Gallardo, Ruiz me pidió que le recuerde, operativo hoy zona sur, saludos

Cerraba mi respuesta con

- ok, positivo (que tan amigable suena en lenguaje policial) y que me decía a mí mismo:  Todo va a salir bien, a pesar de la mezcla cínica de mis sentimientos, miedo y adrenalina, que se irían 

 hacia un clímax dosificado, bien disimulado por los uniformes y los tonos graves e imperativos de nuestras voces.

  Palabras en tono grave y cortante entre los empleados judiciales y los policías. Nos esperaba sin saberlo la ilegalidad, el delito, el peligro de un posible crimen. Como una gran peste pegajosa de la cual siempre estaremos enfermando

Mientras tanto la noche se 

 más oscura, más mojada de llovizna espesa como todo clima que precede las tragedias o los triunfos. Y la alarma de las 3 para levantarme que no sonaba nunca, uuuhhgr

Ya en el auto junto a González ayudante escribiente del juzgado, y el chofer un pibe pelado que nos mira con desconfianza por el espejo.

Solo se oyen sirenas y la noche se inunda de las parpadeantes luces azuladas de los patrulleros.

Adelante de todos van dos motos abriendo camino, tras ellos una combi negra con el grupo halcón.

 Vamos abriendo la oscuridad, detrás del despliegue de las fuerzas, los hombres de traje, el fiscal, o sea yo, González y el chófer.

Todo

 avanza muy rápido; somos un ventarrón infame, procaz de belleza, enceguecedor amanecido, casi que podría escuchar   Wagner como cortina musical. 

Más rápido aun es la llegada al barrio de casa bajas, chalecitos, calles angostas con pocos perros que ladran. Y así es tan veloz y salvaje la irrupción en una casa de dos plantas, derribo de puertas y rejas de garaje, al grito. Policía... policía, es todo confuso los gritos y el ruido de vidrios rotos al piso, cosas que caen ante el paso de los agentes de Halcón, sus armas largas nerviosas en toda dirección, todo está oscuro y solo se ven fracciones de segundos, lo que los haces de linterna muestran, siguen los gritos y los ruidos, los golpes secos que se confunden con las botas subiendo y bajando escaleras, pateando ollas y ropa tirada en el suelo.  Es en ese momento siento que algo saldrá mal, que todo se demora más de lo habitual, todo está oscuro y desierto en esa casa, no hay nadie a la vista.  Es el momento en que trago saliva y pienso…que hago aquí”. Por fin llega el grito en la voz inconfundible de Ruiz

¡¡Despejado!! despejado...... Dr., despejado avance.

De pronto, de golpe todo nos paralizamos ante la cara de Ruiz jefe de este operativo, con su cara de mil muecas nos hacía callar a todos, se hizo de golpe un silencio arrollador, y cargado de toneladas de tensión, o miedo en mi caso,

Un Halcón señala con su fal hacia arriba, y otro tras su pasamontaña señala una pequeña la escalera que da a un altillo, que, al agudizar el oído, sentimos voces. ¡¡Ahí arriba hay gente escondida!!

En varios saltos de agilidad tres Halcones con armas largas se trepan a la escalera mientras gritan,       -policía!, policía! al suelo,! al suelo,! 

suena el portazo de vidrios que estallan al caer.

Como si hubiera caído un rayo tras dos segundos se escucha, el llanto a gritos de un niño,

 que, entre gritos y jadeos, hizo callar la noche, un sudor frio me corrió por la espalda

Salte a la escalerita, en mi desesperación, y casi sin aire, llegue a ese altillo,

Y lo que veía no dejaba de golpearme los ojos, aun todo oscuro.   un niño de no más de un año iluminado por pequeño televisor encendido, muchos colchones rotos y sucios en el piso ocupando casi toda la habitación

 atragantado con su llanto, tratando de respirar y llorar al mismo tiempo sin conseguirlo, mirando la pantalla, aterrado, sin mirarnos, sin moverse con los bracitos caídos apretando el borde se su remera que era su única prenda. Los halcones parecían monstruos ridiculizados tras sus pasamontañas las armas en mano y el reflejo del Cartón Network en sus trajes.

Éramos 30 personas en esa escena, 25 policías, tres empleados de la justicia y el niño, todos en silencio, escuchando ahora el llanto más pausado y audible nunca hubo nadie más.

El amanecer y su luz nos tranquilizó a todos, y pudimos reconocernos como humanos, reconocer la casa, ver todo tirado, ropa utensilios, todo resto de una huida, un escape apurado que dejaba disperso y caótico signos de una manada habitantes de esa casa tomada. Luego vimos las telas, máquinas de coser, hilos, cortes de ropa, mucha gente trabajaba allí, dormía y comía como podía.

Vimos con claridad que en realidad el niño abandonado en la huida era una niña con cabeza rapada y muy valiente que ya reía en brazos de mujeres policías que se habían sacado el pasamontaña y jugaba con sus placas y las charreteras de sus uniformes

 

 

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