El grito de Ámsterdam
Ángel ya estaba
cansado de las calles de Ámsterdam, me dijo que le dolían los pies de caminar
en alpargatas por las calles empedradas, fruncía el ceño con desagrado al ver
ese show callejero de mujeres en vidrieras. No le significaba nada más que un
zoo degradante para que los visitantes exculpen sus culpas inconfesas, me decía
que así se manejan los gringos, ellos no dan ni vergüenza, la compran, la toman
de los otros pueblos... hasta en eso te colonizan,
decía.
Ángel líder
de campesinos en Argentina, en los montes santiagueños, intempestivamente
libertario y un ser de alma inconmensurable, una mirada de viento y un caminar
apurado por miles de marchas por reclamos quechuistas.
Esa noche
del invierno húmedo holandés caminábamos
mucho rato solos por esos puentes admirando los canales y la tierra
ganada al mar. Tanta agua aquí y tan poca allá en Santiago, me decía. Frases que concluían en un silencio profundo
como un largo amen o un “ya va a cambiar esta suerte”.
Seguimos
hablando de todo un poco, de lo pintorescos y amables que son los holandeses,
de la belleza y como la armonía estética aún está en estas ciudades, puertos que llegan a
ser lugares habitables. Llegamos a una esquina, y luego una recova, allí nos
metimos en un bar escondido sobre la calle Raadhuisstraat, torcida para
orientar a los borrachos decía, allí en esa calle, en ese bar, a media luz en medio del humo denso de tabaco y otras
hierbas , nos sentamos y pedimos unas cervezas vertida en generosas jarras de
vidrio . El murmullo polígloto de voces de fondo , lejos de aturdirnos , nos
acogia con tono amigable de bar porteño. Motivado por seguir con nuestra charla
anterior le hice notar la simpática decoración de las paredes donde
colgaban cuadros del Che, Zapata,
Sandino junto a Bob Marley , Diego Maradona,
Chico Mendez entre muchos, comente al pasar :
-estamos protegidos por estos santitos , no
?
Mi frase
le reboto en su rostro como un azote, me
miro en silencio un largo rato, sonrió primero, luego devino en risas
y continuo en carcajadas mientras golpeaba la mesa de madera con su
nudillo en manera sonora y creciente. En
ese ese instante ya daba puñetazos sobre la mesa y me decia en un tono mas alto
y grave.
–
Esto
nos protege, esto ! Esta tabla, la puta
que la pario ! Es esta madera, este arbol que hay dentro de esta mesa, que
todavia recuerda la raiz y la tierra de la fue arrancado ! Mierda !!
Todos en ese bar nos miraron
Ángel alzó la
voz y se puso a gritar su discurso.
El rostro
iluminado por la jarra trasparente de cerveza en su mano en alto, allí a viva
voz, y ante la curiosa mirada de unos y
aterrada de otros parroquianos,
desgranaba palabras como puñetazos imposibles de ignorar, recuerdo
sentirlos primero en el estómago y luego directo al corazón y al final de los
últimos minutos de su feroz lamento épico, varios llorábamos, atravesados por
la descripción de los paisajes desérticos, la pobreza, inocencias rotas, la
violencia mordaz de los terratenientes, la injusticia como nunca antes dicha.
Contó la desolación del robo de tierras, la expulsión de familias campesinas,
la matanza de sus rebaños, las topadoras arrasando árboles y pastizales.
Ya la jarra
de cerveza había desparramado en su rostro y pecho, gran parte de su espuma. Ya
todos, estábamos al borde de un paroxismo, deseando entender que nos pasaba,
aun los mismos gringos que no entendieron una palabra, pero la sonoridad
inapelable de la voz de Ángel, el relato de un mundo lejano y profundo los habitaba
como para siempre.
Decía que
venía a reclamar por el monte que talaron en el Chaco y en Santiago del Estero,
venía por sus árboles que tantas vidas cobró en sus raíces y que hoy sostienen
los trenes y edificios de Europa. Venía a decir, a gritar, a traer el eco de
ese dolor que aún no cesa de doler.
Hablaba, de
hacerles juicio, una demanda de “lesa naturaleza”. Un reclamo ancestral sobre
los daños a su tierra venía a recuperar horizontes.
Aquella noche
en Ámsterdam, el final nocturno silencioso casi vergonzante de esa ciudad,
empecé a intuir que comenzaba a decirse algo, que las palabras tienen peso, que
los cambios de suerte de los débiles dependen de poder apropiarse de palabras y
que estas palabras duelan tanto como sus miserias y nos reconforten tanto como
los abrazos.
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