jueves, 11 de febrero de 2021

 

El grito de Ámsterdam

Ángel ya estaba cansado de las calles de Ámsterdam, me dijo que le dolían los pies de caminar en alpargatas por las calles empedradas, fruncía el ceño con desagrado al ver ese show callejero de mujeres en vidrieras. No le significaba nada más que un zoo degradante para que los visitantes exculpen sus culpas inconfesas, me decía que así se manejan los gringos, ellos no dan ni vergüenza, la compran, la toman de los otros pueblos... hasta en eso te colonizan, decía.

Ángel líder de campesinos en Argentina, en los montes santiagueños, intempestivamente libertario y un ser de alma inconmensurable, una mirada de viento y un caminar apurado por miles de marchas por reclamos quechuistas.

 

Esa noche del  invierno húmedo holandés  caminábamos  mucho rato solos por esos puentes admirando los canales y la tierra ganada al mar. Tanta agua aquí y tan poca allá en Santiago, me decía. Frases que concluían en un silencio profundo como un largo amen  o un “ya va a cambiar esta suerte”.                                                                             

Seguimos hablando de todo un poco, de lo pintorescos y amables que son los holandeses, de la belleza y como la armonía estética aún está en estas ciudades, puertos que llegan a ser lugares habitables. Llegamos a una esquina, y luego una recova, allí nos metimos en un bar escondido sobre la calle Raadhuisstraat, torcida para orientar a los borrachos decía, allí en esa calle, en ese bar, a media luz  en medio del humo denso de tabaco y otras hierbas , nos sentamos y pedimos unas cervezas vertida en generosas jarras de vidrio . El murmullo polígloto de voces de fondo , lejos de aturdirnos , nos acogia con tono amigable de bar porteño. Motivado por seguir con nuestra charla anterior le hice notar la simpática decoración de las paredes donde colgaban  cuadros del Che, Zapata, Sandino junto a Bob Marley , Diego Maradona,   Chico Mendez entre muchos, comente al pasar :

 -estamos protegidos por estos santitos , no ? 

Mi frase le  reboto en su rostro como un azote, me miro en silencio un largo rato, sonrió primero, luego devino  en risas  y continuo en  carcajadas  mientras golpeaba la mesa de madera con su nudillo en manera  sonora y creciente. En ese ese instante ya daba puñetazos sobre la mesa y me decia en un tono mas alto y grave.

        Esto nos protege, esto ! Esta tabla,  la puta que la pario ! Es esta madera, este arbol que hay dentro de esta mesa, que todavia recuerda la raiz y la tierra de la fue arrancado ! Mierda !!

Todos  en ese bar nos miraron

 

Ángel alzó la voz y se puso a gritar su discurso.

El rostro iluminado por la jarra trasparente de cerveza en su mano en alto, allí a viva voz, y ante la curiosa mirada  de unos y aterrada de otros parroquianos,  desgranaba palabras como puñetazos imposibles de ignorar, recuerdo sentirlos primero en el estómago y luego directo al corazón y al final de los últimos minutos de su feroz lamento épico, varios llorábamos, atravesados por la descripción de los paisajes desérticos, la pobreza, inocencias rotas, la violencia mordaz de los terratenientes, la injusticia como nunca antes dicha. Contó la desolación del robo de tierras, la expulsión de familias campesinas, la matanza de sus rebaños, las topadoras arrasando árboles y pastizales.

Ya la jarra de cerveza había desparramado en su rostro y pecho, gran parte de su espuma. Ya todos, estábamos al borde de un paroxismo, deseando entender que nos pasaba, aun los mismos gringos que no entendieron una palabra, pero la sonoridad inapelable de la voz de Ángel, el relato de un mundo lejano y profundo los habitaba como para siempre.

Decía que venía a reclamar por el monte que talaron en el Chaco y en Santiago del Estero, venía por sus árboles que tantas vidas cobró en sus raíces y que hoy sostienen los trenes y edificios de Europa. Venía a decir, a gritar, a traer el eco de ese dolor que aún no cesa de doler.

Hablaba, de hacerles juicio, una demanda de “lesa naturaleza”. Un reclamo ancestral sobre los daños a su tierra venía a recuperar horizontes.

Aquella noche en Ámsterdam, el final nocturno silencioso casi vergonzante de esa ciudad, empecé a intuir que comenzaba a decirse algo, que las palabras tienen peso, que los cambios de suerte de los débiles dependen de poder apropiarse de palabras y que estas palabras duelan tanto como sus miserias y nos reconforten tanto como los abrazos.

 

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