jueves, 11 de febrero de 2021

 

Intemperie

 

- Hoy esta imposible! , grita Lisandro mientras se agarra su sombrero de totora para que no se lo lleve el viento, encorvado, cruza los médanos con dificultad, camina casi rengueando, como todas las mañanas que revisa su red calada desde la playa.

-        se largó el pampero: ¡¡¡vecino !! grita y su voz se oye entrecortada por los silbidos y el rugir de las olas.

-        Hoy esta para mate, tortas fritas y salamandra (le contestas con otro grito)

-        y esperar que no se vuele el rancho (retruca). _

En este pueblo costero del este uruguayo, cada saludo entre vecinos va acompañado de un comentario, una pequeña chicana, ironía popular, es como un adicional de cercanía y complicidad mutua, que estimula la cordialidad y un cierto humor sobre si mismos que concluye en simpatía.

Como, por ejemplo:

 - “buen día vecino. hoy se le perdió el peine!  

-Buen día sí, ja ja y los piojos estaban rebeldes hoy.

 o también …

-Hola! ¿cómo va todo? Tas yendo seguido a la playa, ya pareces turista.

-Y si pa estrenar los lentes de sol y las ojotas !! jaja.

El clima amable del saludo de Lisandro, contrasta con el vendaval, el rugir de las olas, un bramido arrasador que todo lo envuelve. Es, en estos momentos en que percibes la sensación de estar en medio del temporal, donde es imposible eludir el viento, donde solo te resta esperar   que amaine, cuando en ningún segundo dejas de estar alerta. Es la sudestada de mar, el pampero que se hace oceánico, que se asocia con viento frio del sur, que moja en bruma y llena de espuma la playa.

 

Hace pocos inviernos que descubrí, la sensación de salir a caminar por la playa en medio del temporal, de jinetear el viento como dice la gente de campo, de pararse solo frente a todos los torbellinos y conjurar la furia, la brutalidad. Esa ternura ingenua y áspera de estos vendavales marinos.  

Una mañana de otoño, casi por casualidad envuelto en una tempestad caminando entre la espuma de las olas, puede evitar ese reflejo innato de correr hacia el resguardo, de buscar con angustia un refugio seguro, encontré en el caminar contra el viento, una nueva validación del cuerpo. Caminar erguido, casi desafiante, dejando que el aire violento te pegue en la cara, evitando cualquier gesto de protección o amparo.

 Tener esa espontanea reacción al repliegue, la condición humana de fragilidad que lleva padecer, como quien espera un azote, un golpe seguro, como quien va hacia un dolor ineludible e inevitable.

Aprendí una postura de mis piernas, una ubicación distendida de mis manos, una media sonrisa y una mirada lejana que busca toda claridad negada tras  los nubarrones grises violáceos, un caminar por la arena fría y húmeda como en medio de un campo devastado, sintiendo que nada es grave en un devenir, que ese miedo que te retumba, ese vértigo de posible muerte, nada más puede pasarte. Y es ahí cuando caes en la cuenta que, esta sensación ya la tenes incorporada, que es la inseguridad con la que nacimos, los miedos de la infancia, las ausencias, lo repetidos y temidos peligros que siempre nos asecharon y que siempre encontramos maneras de eludirlos y negarlos.

Aquí están todos juntos esos miedos, revestidos de amenazas, boicoteadores de esperanzas, conspirando contra cualquier festejo, los miedos de siempre tatuados en la piel de los prejuicios con los cuales nos cubrimos, nos escondemos para caminar calles, plazas, patios y salas. En esta inmensidad de dunas se los ve crispados al verse descubiertos, aquí están cómplices, condensados en este viento, en este lugar, en este instante,  atravesare sonriendo cual venganza vital reparadora.

 

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